LOS ANIMALES NO SABEN CONTAR

Todo texto es un animal vertebrado. Todo libro, toda acumulación de ideas tiene un esqueleto, un conjunto de huesos que lo mantienen erguido, un ecosistema donde otros sistemas, con un propósito único, buscan sobrevivir, tomar decisiones rápidas con un solo fin: seguir respirando, añadiendo latidos hasta que las palabras agoten su propósito y pidan descansar.

Pero en el primer poemario de Marina Casas, Los animales no saben contar, la columna vertebral no se encuentra en el interior, protegida por capas de músculos y piel y otras cosas mínimas y nombres extraños que solo alguien con demasiado conocimiento en biología sabría explicar. No. En este primer poemario, la columna vertebral de los poemas se encuentra en el exterior, a flor de piel, actuando como un exoesqueleto que protege al poema de manera invisible, como disfrazado tras una denominación pacífica, armoniosa y tétrica, todo a la vez: silencio.

Bajo la necesidad de romper con la incongruencia, tambaleándose entre la dificultad de hacer que cuerpo y alma sean coherentes, la mirada se nos presenta como una especie de máquina que busca extraer del barro la parte más reluciente, más apetecible al resto, ese algo que la construye única, excéntrica, original: Yo me miro para buscarme./Mis ojos me penetran/excavando mi propia piel/hasta encontrar la perla que deseo/que otros quieran de mí. 

Este es un poemario en primera persona, con una apariencia autobiográfica y una voz que, lejos de pedir ayuda, se analiza a través de la ruptura de esos estamentos incorporados, como el de la soledad, la apatía, la carga visual, emocional y mental que la sociedad nos lanza. Entre los poemas, una voz incomodada, insatisfecha, se posiciona estratega y nos presenta a la realidad como un charco de la calle que nos mancha, que no cumple con las expectativas de la imaginación; sin embargo, ahí mismo, donde la desesperanza habita, la infancia es recordada como un momento de paz, de frescura, de alivio.

Y entre la vertiginosidad de la vida moderna, de los procedimientos médicos, de la ausencia ajena, de ese movimiento masturbatorio e involuntario que para esta voz es la escritura, que conduce la mano hacia el papel, hay una respuesta: el silencio abrigado por el calor del encierro: Lo que me desvela,/los sueños que me duermen/y los que me despiertan,/todos los cuerpos/tocados, me alimentan/la fantasía me atora/mis sábanas la cárcel/en la que me encierro. 

En Los animales no saben contar, la soledad es ese lugar caliente donde nada ni nadie debe fingir y tampoco sufrir, ese lugar que deviene refugio y abrazo, donde un cuerpo apático busca recuperar su instinto animal, su instinto de supervivencia.


Marina Casas nació en Buenos Aires en 1986. Es Licenciada en Psicología (Psicoanalista) y se  especializó en Inclusión escolar. Escribió artículos para las revistas Novedades Educativas, El sigma, Provocación y la Revista de Psicología de la UCA. Como guionista, su primer largometraje Del ruido al ritmo ganó el premio “Mejor guión Conexión” en el Oaxaca Filmfest (2017). Se formó en comedia musical y como bailarina y profesora se especializó en Tap y Estilos Urbanos, perfeccionándose en academias y festivales de Nueva York, Los Ángeles, Brasil y Francia en los últimos doce años. Escribió, coreografió y dirigió las obras de danza teatro y poesía: Sujeto/a (2018) y Trenza (2019). Es miembro fundadora de la Asociación Argentina de Tap. En 2020 lanzó su primer disco, Semblantes, utilizando al tap como instrumento en la mayoría de sus canciones.

Los animales no saben contar (2021) es su primer poemario.


Escrito por: Claire Chanvillard

Ilustración: Matilde Néspolo