El verano que mi madre tuvo los ojos verdes

¿Cómo se piensa en la maternidad? ¿Cómo resignificarla? Pensar en todas las posibilidades de la maternidad en este tiempo es necesario ya que no se puede pensar en una forma específica en la que esta se desarrolla.

Los ojos de mi madre lloraban hacia adentro.

Tatiana Ţîbuleac en El verano que mi madre tuvo los ojos verdes se pregunta cómo es pensar en una maternidad ausente, en una maternidad que desaparece y es una presencia que se esfuma o que su presencia carece de peso, una maternidad que quiere volver a formar un vínculo. Frente a esto un hijo que vivencia esa realidad sobre la que nadie le dijo: las madres también son humanas, se equivocan y el dolor que atraviesa cada ser es distinto y cada duelo es personal. La santificación de la madre lleva a pensar que estas deben reaccionar bajo una forma esperada, esta autora se permite profundizar esa parte oscura, eso que no se cuenta y se permite ser cruda o sencillamente ser real.

Los ojos de mi madre eran campos de tallos rotos.

Esta novela aborda temáticas que son incómodas y es una de las pocas narrativas que se encarga de narrar la pérdida, el resentimiento, la depresión, la inseguridad del ser, una relación de madre e hijo frágil, la muerte como un lugar que puede ser bello.

Los ojos de mi madre eran mis historias no contadas.

Volver al vínculo, volver a ese lugar en donde una vez madre e hijo fueron uno, volver siempre implica esfuerzo y la voluntad de hacerlo, no quedarse en la quietud, doblegar sentimientos que nos habitan, que nos nublan y ciegan otras posibilidades, la vida como una multiplicidad de sentidos que siempre van a tener ver con la perspectiva con la que podamos y queramos verla, cambiar de perspectiva es ver lo mismo desde otro lugar, es resignificar lo que nos habita adentro. Alesky no puede sentir amor por su madre sino que lo que hay en él es odio hacia esa persona que siente desconocida y ajena, odio que se transforma y que muta y llega a lo sensible; ¿cómo perdonar a una madre que te rechazó?: “Habló durante casi una hora, parecía un libro, así que no me atreví a interrumpirla. Me había convertido, por fin, en su hijo, y ella, en madre (…) Permanecí a su lado sin moverme y enseguida me transformé en una pista internacional para mariquitas. ¿Por qué no había empezado mi madre a morir antes”. La muerte como lugar de encuentro, como lugar en donde hay un final inminente y cercano, frente a esto hay una aceptación de que ese cuerpo no va a estar más y esa madre decide pasar su último verano con aquel hijo que rechazó cuando pasó por la muerte de su hija, la muerte de la hermana de Alesky. La connotación de último le da a todo un sentido urgente y de decidir ahora, la muerte de la madre como lugar de paz: “El verano que mi madre tuvo los ojos verdes no terminó jamás”.

Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano.

La historia es contada por Alesky que vuelve hacia su pasado para comprenderse, para encontrar un sentido y entender que ese verano se vuelve eterno no solo en la memoria sino también en sus pinturas. La eternidad como aquello que no comprende de tiempos sino de posibilidades de habitarla o de volver a ella. Un hijo que se sienta a escribir su verano en Francia: “Mi odio hacia mi madre, aunque no había desaparecido del todo, se había secado y lo cubría una costra, como la costra que cubre en tres días todas las heridas de las personas y en un solo día la de los perros (…) Y que no tuviera miedo. Y que no llorara y no le mintiera. Y que no tuviera miedo. Permanecimos tumbados en el campo de girasoles, silenciosos y doloridos como unos abortones de flores. Volvimos a casa por la tarde, llevados por la lluvia y unidos por la mano delgada de mi madre como por un cordón umbilical sin cortar.  Y que no tuviera miedo”.

Los ojos de mi madre eran brotes a la espera.

Por Florencia C. Barba Lijerón

Ilustración: Matilde Néspolo