Prostitución, pedofilia, cementerios. ¿En qué se parecen la acusación de Sorman a Foucault con los movimientos Anti-derechos en Argentina?


“¡Otra vez sopa!” fue lo primero que pensé cuando vi la denuncia de Sorman hacia Foucault. Acusar a un homosexual de pedofilia es un chiste viejo, viejísimo, que escuchamos en cada manifestación anti-derechos de nuestro país. En una época donde la ficción, la cultura e incluso el pensamiento no parece poder hacer otra cosa más que copiar el pasado, que se actualicen tópicos tan antiguos como la pederastia para cancelar a un homosexual no debería sorprendernos.

Pero hay más: la acusación tiene todos los condimentos imaginables. Prostitución, abuso de poder colonial y, la frutilla del postre, el sexo con niños por la noche, sobre las tumbas del cementerio de Túnez. Evidentemente, Sorman ha invocado imaginarios muy antiguos para sus afirmaciones. Quizás por eso haya logrado el revuelo que logró. Sólo apelando a los pánicos más antiguos de nuestra cultura consiguió estar en boca de todos, oportunamente mientras presenta su nuevo libro.

No me interesa defender a Foucault. Al menos no en tanto individuo. Está muerto, y nadie puede probar si lo que se dice de él es cierto, o no. Tampoco él puede responder por sus acciones. Lo que sí me interesa es colocar una reflexión sobre la mesa, a ver si podemos hacer algo significativo con la banalidad del espectáculo actual.

El último monstruo sexual

Como ya dije, acusar a un homosexual de pedofilia es un tópico antiguo. De hecho, fue una de las primeras figuras con la que se reconoció la sexualidad de hombres con hombres: los “pederastas”. Luego, mediante la disección del lenguaje que occidente siempre sabe motorizar, fueron apareciendo géneros y especies para designar la alteridad del hombre cis y heterosexual: nacieron las figuras de la homosexualidad, el travestismo, la transexualidad, etc.

El propio Foucault narra el proceso mediante el cual, a lo largo de la modernidad, lo que se hizo sobre el sexo no fue tanto acallarlo, sino incitar los discursos, para convertir al comportamiento sexual en el rasgo identitario que porta la verdad de lo que somos. “Dime qué tienes entre las piernas, y qué haces con ello, y te diré quien eres” es el lema de la sexualidad moderna. Este mecanismo, al día de hoy, no ha caducado. Incluso nuestras militancias y activismos por la diversidad sexual nos servimos de este mecanismo, implantando identidades por doquier, no ya para estudiarlas o acusarlas, sino para defenderlas.

Ahora bien, resulta sumamente interesante que, debido a esos activismos, numerosas “identidades sexuales” hayan perdido gradualmente el carácter de monstruoso que portaban en occidente. Los procesos de reconocimiento de derechos que hemos vivido en los últimos años son testimonio de ello. Las premisas que se suelen encontrar en juego son: 1) El sexo hace identidad; 2) no se puede perseguir o acusar a alguien por ser lo que es.

De esta manera se ha configurado gradualmente un escenario donde ya no se puede cancelar a alguien por homosexual, como le sucedió a Turing. Tampoco por transexual; mucho menos por convivir con HIV. Por supuesto, me refiero a grandes cancelaciones de personajes que se encuentran en el foco de atención social. La discriminación, en nuestro día a día, lamentablemente sigue existiendo.

Por eso, creo que lo que sucedió con Sorman tiene mucho para decirnos. Incursiona en lo que Foucault llamaba “experiencias límite”. Es decir, explora nuestra alteridad radical, y al hacerlo, nos dice algunas verdades de nosotrxs mismxs. ¿Qué quiere decir esto? Que el hecho de que no se pueda acusar a Foucault de homosexual o sadomasoquista para cancelarlo, o para explicarlo (como ha hecho cierto infame biógrafo), pero que se apele a la pedofilia, es indicio del último monstruo sexual que nuestra sociedad aún guarda.

La niñez es uno de los focos principales donde nuestra sociedad depositó sus terrores sexuales. De hecho, cuando aún la transexualidad o la homosexualidad eran motivos de cancelación, era moneda corriente encontrar explicaciones que redundaban en experiencias traumáticas de la infancia. Si bien muchas cosas han cambiado desde esos tiempos, es fundamental poder dar cuenta que el casillero del “monstruo sexual” sigue vigente.

Esto no quiere decir que esté en contra de que así sea, o esté fundamentando el abuso sexual infantil. Simplemente me resulta llamativo el modo en que nuestra cultura lidia con ello, re-actualizando viejos mecanismos que, se ve, estamos a años luz de abandonar. La cancelación masiva en redes sociales que se produjo contra Foucault a partir de un dicho aislado en una entrevista por parte de un adversario teórico es prueba de ello. El monstruo sexual está más vigente que nunca. Su funcionamiento en nuestro país se patentiza cada vez que la Educación Sexual Integral es puesta en la agenda: inmediatamente, lxs docentes que trabajamos bajo los lineamientos curriculares de la ley nacional somos tildados de “degeneradxs”, que buscamos manchar a los buenos hijxs de las familias monogámicas, heterosexuales, y burguesas.

Empatía y solidaridad marica.

Ahora bien, como disidencias sexuales, que escribimos, pensamos, y militamos bajo numerosas líneas propuestas por Foucault, es esperable y hasta deseable que lo sucedido nos produzca cierta incomodidad. ¿Cómo conjugar nuestras militancias, por ejemplo, con la Educación sexual integral, nuestras acciones contra el abuso sexual, o incluso contra el colonialismo, y permanecer impasibles ante una acusación semejante? Creo que hay dos cosas por decir sobre este problema. Una de índole más teórica, y la otra de índole más práctico.

En primer lugar, y éste es, desde mi perspectiva, el argumento que zanja la discusión, es fundamental entender que cuando nosotrxs pensamos, y trabajamos bajo la égida foucaultiana, en absoluto lo hacemos bajo un individuo de carne y hueso, sujeto de derecho de un estado, que puede y debe responder por sus acciones. Quienes trabajamos en teoría sabemos que un autor no es un individuo de carne y hueso, especialmente después de muerto, sino un conjunto de textos e ideas. Lo mismo nos sucede con Heidegger, y su adhesión al nazismo.

Foucault mismo se expresó sobre la cuestión en su conferencia “¿Qué es un autor?”. Allí, nos propone comprender a lxs autorxs como funciones, conjuntos arbitrarios de textos que sirven para rotular ideas, y ordenar discusiones. Bajo esta perspectiva, cuando hablamos de “Foucault”, estamos pensando en un conjunto de ideas expresadas en textos, y no en el individuo histórico que llevó el nombre de Michel Foucault. Bajo esta línea, la pregunta interesante no es: ¿fue Foucault un pedófilo?, sino: ¿hay, en los textos foucaultianos, algo que justifique o fundamente la pederastía y el abuso infantil?

Si ensayamos responder esta segunda pregunta, sería sencillo mostrar que la respuesta es negativa. Toda la micro-física del poder, que ilumina las acciones microscópicas donde las relaciones de poder se ponen en juego, permite visibilizar que, en un acto como el narrado por Sorman, hay una relación de poder. De hecho, en rasgos generales, si careciéramos de perspectiva foucaltiana, ante el relato de Sorman incurriríamos en lugares tan lamentables como “pero los niñxs lo querían” o “ellos se lo pedían”, “el les pagaba”, desconociendo la relación asimétrica que hay entre niñxs de Tunez y un intelectual de renombre europeo. Irónicamente, estas son respuestas que podrían blandir intelectualidades liberales, entre las cuáles podemos identificar al propio Sorman.

Pero existe un motivo práctico más intenso, más primal y, si se quiere, más irracional para señalar aquello que nos pasa ante la acusación de Sorman, que tiene que ver con aquello que señalé al empezar esta nota. Acusar a un homosexual varón de pedofilia es un tópico tan viejo, tan arbitrario, tan violento, que no podemos sino desconfiar a priori de él. Muchos de nosotros lo hemos sufrido en instituciones y ámbitos laborales diversos. Por eso el vínculo entre lo sucedido la semana pasada y las acusaciones anti-derechos en nuestro país es directo. Lxs docentes que trabajamos en ESI no dejamos de escucharlo: mientras todo el espíritu de nuestras intervenciones se dirige a prevenir el abuso infantil, somos denunciados como abusadorxs.

Por todo ello, no podemos sino solidarizarnos ante la marica en cuestión denunciada. Nosotros, que hemos visto una y otra vez a heterosexuales comentando sobre polleras adolescentes con total impunidad, pero que aún así seguimos siendo mirados con un halo de sospecha cada vez que nos vinculamos con niñeces y adolescencias, no podemos sino solidarizarnos para con este nuevo monstruo sexual. Con ello no estamos avalando la pedofilia, sino desacreditando el mecanismo que, en primer lugar, quiere instituir una nueva dimensión de lo monstruoso, y que, oh casualidad, siempre nos lo tira encima a nosotrxs, los “degenerados de siempre”.

Por José Ignacio Scasserra
Ilustración Matilde Néspolo