NOMADLAND: viaje de sobrevivientes

(Direct. Chloé Zhao, 2020)

Suele ser un hallazgo encontrar una historia que nunca se buscó, que no parecía ser necesitada, y que sin embargo, con una delicadeza casi increíble, muestra una realidad escondida. Esto ocurre efectivamente en la última película de Chloé Zhao, donde la cámara se centra en un grupo de nómades que recorren el oeste de Estados Unidos, como expulsados de la sociedad por un capitalismo arrasador, en una huida hacia alguna forma de paz desconocida. 

Basada en el libro Nomadland: sobreviviendo América en el siglo XXI de Jessica Bruder, la película toma lugar tras los eventos de la gran recesión de 2008. En 2011 una industria minera cierra cerca de Nevada, Estados Unidos, dejando a un pueblo entero sin trabajo y obligando a sus habitantes a dispersarse en busca de recursos. Entre ellos se encuentra Fern (Frances McDormand) una mujer viuda que tras años dedicados a Empire, donde trabajaba tanto su esposo como ella, toma una furgoneta y se lanza a una vida nómade. 

Fran comienza a viajar y a trabajar temporalmente en cada lugar donde encuentra oportunidad para sostenerse económicamente, mientras vive en su furgoneta. Pasa por Amazon, por el cultivo de papas, hasta llegar a limpiar y atender mesas en una hamburguesería. En su viaje conoce a muchas otras personas que, como ella, se vieron a una edad avanzada sin posibilidades. Una comunidad de solitarios que se mueven sin ataduras. Comiendo productos enlatados, con una linterna en mano para adentrarse en la noche, y buscando formas de optimizar esa casa que llevan a sus espaldas cada vez que se lanzan nuevamente a la ruta. 

¿Qué es un hogar? ¿Qué es la soledad? ¿Qué pasa con aquellos que van perdiendo a sus compañeros de vida cuando pierden su casa y su trabajo? Algunos por elección, otros por necesidad, estos nómades despliegan un nuevo abanico de experiencias, tan válidas y reales como las convencionales. Con la naturaleza como primera compañía, estas vidas explotan el presente, no creen en las despedidas.

Con una mirada cruda pero sensible, los planos capturan a Fern a través de su búsqueda. La ruta, el frío, el hambre, la mirada del otro que siempre juzga desde la comodidad. Pero también unos cielos indescriptibles, un desierto peligroso que devora, amistades improbables en el medio de la desolación, una belleza que se encuentra en los detalles de las cosas cotidianas. Una película que por medio de la honestidad abre la mirada y la dirige a realidades paralelas, con interés y respeto.

Por Julieta Henrique

Arte por Matilde Néspolo