¿Será la misma húngara?

En el año 2010 el partido de ultraderecha Fidesz llegó al poder en las instituciones húngaras para imponer su agenda de odio contra toda identidad que implique una alteridad para el macho cis y heterosexual. Desde una tierra que nos queda exótica, nos hace de espejo para procesos que vemos en América Latina. Parece que en esta segunda década del siglo no ha habido país que no haya estado exento de estos “Bolsonaros” que aparecen aquí y allá.

Dentro del bloque, pasaba sin destacarse (al menos, para nosotrxs) el diputado József Szájer, quien ahora está en boca de todos. El escándalo conocido nos hizo volver sobre sus pasos: en seguida lo encontramos participando de la reforma constitucional que eliminó el matrimonio entre personas del mismo sexo. También lo encontramos promoviendo la anulación del reconocimiento institucional a personas trans, e impidiendo la adopción para cualquier grupo familiar que no cumpla con el mandato varón-mujer. Luego, como todo buen Bolsonarito, también podemos ver a József haciendo el show que, sabe, sus fans adoran. Me refiero a cosas insólitas como retirar la participación de Hungría en el festival Eurovisión, o colocar impedimentos en la presentación del musical Billy Elliot, por miedo a que pudiera promover prácticas homosexuales.

Por último, podemos encontrar a József en pleno cogedero, con 25 tipos (quien pudiera), durante la cuarentena de uno de los países más perjudicados por el COVID. ¿Será la misma húngara?

Pero… ¡Qué duda cabe!

Nada tiene de sorpresivo que el mismo tipo que, en un sitio de poder, lesiona los derechos de minorías sexuales, sea encontrado después en plena orgía homosexual.

Si la noticia que llega de Brusellas tiene algo para decirnos a estas latitudes, es justamente que este fenómeno no tiene nada de excepcional, ni sorpresivo. Lo puto no quita lo facho, lo aprendimos hace tiempo. El varón occidental está muy acostumbrado al privilegio, y ser puto tapado implica, en gran parte, no querer renunciar a ese lugar de varón. El plusvalor extraído por cómo la sociedad lee a quien se coloca en el papel de machito es, justamente, lo que perpetúa y permite que tipos como la húngara se mantengan en sus entornos privilegiados.

 Ahora bien, quiero aprovechar el viento a favor que nos da esta noticia para colocar sobre la mesa algunas cuestiones sobre cómo pensamos nuestro sexo, y nuestra identidad.

Sorprenderse por la orgía de la húngara implica, en alguna medida, asumir como supuesto que nuestras prácticas sexuales encierran algún tipo de verdad sobre lo que somos. Ergo, la húngara habría incurrido en algún tipo de contradicción performativa consigo misma por ir a hacerse culear en Bruselas. La racionalidad que opera ahí es clara: nuestras prácticas sexuales se invisten como la manifestación de lo que somos, y comenzamos a pensarlas como una repetición de algo siempre igual a sí mismo que convenimos llamar “identidad”

Por supuesto, somos varixs lxs que desconfiamos de este tipo de razonamientos. Claro, toda esa metafísica sobre nuestras verdades sexuales se prueba efectiva a la hora de pensar nuestras políticas, y en términos estratégicos da sus frutos. Si logramos hacer del modo en que cogemos la verdad última de lo que somos, convertimos nuestra sexualidad en un área indiscutible de nuestra vida. Esto siempre ha sido sumamente provechoso en términos de supervivencia. Pero lo sucedido con la húngara puede dar la alarma para dar cuenta que, entre sodomitas, nada nos aglutina.

Que seamos hombres que nos guste que nos metan algo en el culo no dice de nosotros más que eso: que somos hombres que nos gusta que nos metan algo en el culo. No hay nada identitario en ello, ni ninguna postura que debamos asumir a partir del sexo.

Ahora bien, entre maricas, putos, trolos, u ositos, tenemos una serie de matrices que nos aglutinan que van mucho más allá del sexo. A veces también sabemos crear un sistema relacional a partir de nuestras prácticas sexuales. Nuestras confidencias exploran pasión por RuPaul, la literatura neobarroca latinoamericana, las anécdotas sobre tías, las recetas de familia, y la porcelana delicada. También nos encanta armar lío cuando nos agreden payasos como la húngara, bebotearnos por Instagram, recibirnos en casa cuando alguno viaja (ante todo, federalas), coger en grupo, e indignarnos en grupo ante la nueva injusticia diaria.

Por supuesto, todo esto no es sino una caricatura. El esculpido de Palermo que desprecia por doquier también existe (y mencionarlo al pasar es otra caricatura). Ninguna afirmación puede totalizar lo que somos sin ofender a nadie. Pero hoy no quiero concentrarme en estas miserias, que sabemos que nos quedan cercanas y son muchas. Sencillamente quiero jugar con estas escenas de confidencia marica para señalar algo que ya ha sido dicho hasta el hartazgo, pero que cada tanto es bueno recordar, especialmente con cuestiones como lo que pasó con la húngara: ser marica, puto, o trolo, es un modo de vida, un sistema de relaciones, y no una práctica sexual (solamente). Por eso, lo que pasó con la húngara no es ninguna excepción, pues el diputado no es un puto en tanto modo de vida. Es solamente un sodomita. Pero esto sólo podemos verlo si dejamos de estar tan hipnotizados e inundados por la sexualidad.

Por mi parte, estoy cada vez más interesado en pensar que lo que quizás nos distinga es el modo en que construimos parentesco. Si damos ese vuelco en nuestras reflexiones y nuestros discursos quizás podamos abandonar la “identidad” como problema principal de la reflexión en torno a la sexualidad, permitiendo de esta forma que el “parentesco” capte nuestra atención. La húngara nos lo está gritando en la cara: poco interesante es como cogemos, si un sodomita como él después puede públicamente atentar contra nuestro modo de vida. Lo que si se muestra interesante es el sistema relacional que hemos sabido montar sobre nuestra sexualidad; el modo en que hemos sabido improvisar un lazo social.

Porque, a fin de cuentas, ser marica es también construir un lugar, una región en movimiento que teje alianzas y muestra su hilacha. Jamás fue solamente un modo de coger, ni una identidad. También fue un modo de ser-en-común, una forma de abrazar y rechazar, un barajar y dar de nuevo. Ser puto es saber rearmarse la familia perdida, sacar de la galera una red de apoyo, construir un nuevo índice de solidaridad.

Y en ese mundo de confidencias y cariños gente como la húngara jamás estuvo invitada, ni lo va a estar.  

Por José Ignacio Scasserra