Todxs contra Tincho III

Si aceptamos el supuesto de la filosofía crítica de la mediación, que rastrea la contingencia histórica que nos hizo ser lo que somos por debajo de aquello que se aparece como inmediato, y sostenemos que esa contingencia es una relación impersonal de dominación de la cuál todxs somos parte, entonces podemos llegar velozmente a la conclusión de que todxs somos, o podríamos ser, Tinchos. 

Si las matrices de dominación que producen a Tincho como su blanco de privilegios también producen al resto de identidades como restos que desbordan el modo de ser Tincho, existe entonces una coordenada que lo segmenta del resto del socius. Ya señalé que esa coordenada es la acumulación, la cuál, por violencias históricas, nos está vedada. Sin embargo, todxs podemos virtualmente incurrir en conductas propias de Tincho si desconocemos esta situación estratégica, y zarpamos a la carrera competitiva de la producción de valor de manera acrítica. 

Todxs aquéllxs que salimos perdiendo en la construcción moderna del mundo (trabajadorxs, migrantxs, cuerpos racializados, minorías sexo-genéricas, mujeres) constituímos un lugar fundamental de estas relaciones. Asimismo, nos hemos conformado a nosotrxs mismxs bajo estas gramáticas.  Hemos ocupado un lugar determinado en esas “maquetas anteriores al tiempo” (Masotta), hemos sido cómplices de éstas, cuando no ocasionales beneficiarios. La situación se vuelve esquiva, y nuestro asesino se difumina: un cuerpo racializado puede beneficiarse del patriarcado, mientras que una mujer que recibe violencia machista, puede sacar ventaja de su posición de clase. He allí la complejidad de la violencia interseccional que tenemos ante nosotrxs. 

De este modo, nosotrxs, quienes queremos instituirnos como críticxs del capital, del patriarcado, del colonialismo, y de su criatura privilegiada, es decir, de Tincho, estamos ya inmersos en las estructuras impersonales de dominación que nos proponemos criticar. Por eso nuestra tarea crítica es siempre inmanente a aquello que se pretende criticar.  La crítica jamás se dirige de un “yo” por fuera de la histórica hacia un “él” o “ellos” malvados y opresores, sino que se produce desde un “nosotrxs” hacia un “nosotrxs”. 

Tincho es, pues, un modo de vida del que formamos parte. A priori, y por mera coherencia teórica, estamos contaminados, habitados por Tincho. Todxs estamos impulsados a la carrera de producir valor que se autovalorice. Todxs usufructuamos, sabiéndolo o no, trabajo no remunerado que se deposita en manos feminizadas o racializadas. ¿Todxs somos Tincho? No quiero ir tan lejos. Hay relaciones de desigualdad entre él y nosotrxs que abren una grieta insalvable. Ahora bien, necesitamos asumir la problemática en primera persona, y dar cuenta de nuestro rol activo como víctimas y beneficiarixs de esas condiciones abstractas de dominación que privilegian a Tincho, si queremos buscar una salida. 

1. La “tinchificación” del mundo. 

Establecido que Tincho es el sujeto imaginado por el liberalismo, señalados los sesgos de ese proyecto, y los modos en que ha dejado por fuera a gran parte de la humanidad, que puja (o no) por redistribuir los bienes y los reconocimientos, me dirigí a señalar como todxs somos parte de esa red impersonal de dominación que comanda nuestras vidas. 

En ese marco no es posible desconocer las modificaciones que el capital ha sufrido en los últimos años, ya que tocan de lleno la problemática a la que refiero. El neoliberalismo como racionalidad de gobierno ha llegado a occidente para quedarse, y mi sospecha es que ha traído, consigo, la “tinchificación” del mundo. 

Procedo velozmente a dar mis motivos para incluir al “neoliberalismo” en mis desarrollos. Se trata de una palabra promiscua, manoseada, y que hoy en día despierta furia por parte de sus defensores. De allí que sea necesario dar cuenta de qué entiendo por “neoliberalismo”. 

1) En primer lugar, hablo de neoliberalismo porque no soy platónico. Las ideas no son eternas e inmutables, no existen en un cielo accesible por la percepción eidética. Por el contrario, responden a condiciones históricas específicas de emergencia. Particularmente, cuando refiero a neoliberalismo, lo hago para dar cuenta de la restitución liberal que es posible evidenciar tanto filosófica como políticamente a partir de los años 50, como reacción al clima de anti-liberalismo y el auge del keynesianismo producido por la crisis global de los años 30. 

2) Cuando hablo de neoliberalismo, refiero a una racionalidad de gobierno específica (Foucault). Se fundamenta en la metafísica que ya describí, esto es, la del individuo aislado como fundamento del socius. Ahora bien, difiere con respecto al liberalismo clásico en que ya no comprende a la política como un artificio que se monta para defender la economía, sino que su horizonte es subsumir todas las áreas de lo vivo a las lógicas de competencia del mercado, socavando de esta manera las propias bases de la política occidental (Brown). De este modo, las instituciones, los vínculos sexo-afectivos, las aspiraciones y proyectos colectivos, todo, necesita subsumirse al cálculo de inversión, ganancia, y competencia. 

3) Por último, no creo que el neoliberalismo sea la bandera de ningún partido político específicamente. Si bien hay quienes lo defienden de manera más desvergonzada que otros, lo cierto es que esta racionalidad de gobierno, impuesta en nuestra región por medio de las dictaduras militares de los años 70, ha logrado difundirse en nuestras instituciones y horizontes políticos con independía de los partidos. De este modo, el neoliberalismo como racionalidad de gobierno total se ha constituido como productor de subjetividades. Deseamos como el neoliberalismo nos marca que debemos desear. Imaginamos lo que el neoliberalismo nos marca que imaginemos, y nos rebelamos como Atlas nos manda que nos rebelemos. Ya lo dijo Margareth Tatcher, su impulsora en Gran Bretaña: “El objetivo es el alma y el corazón… el medio es la economía”. De allí que pensar contra el capitalismo neoliberal sea, en definitiva, pensar contra nosotrxs mismxs.

Poco a poco, los espacios públicos se han ido clausurando, y todo se ha ido reduciendo a los valores viriles de la competencia, la depredación, y la subyugación de lo otro. Los objetivos neoliberales han permeado en todxs nosotrxs, quienes nos pensamos como individuos aislados que necesitamos salir a “emprender” para poder subsistir, sin ninguna garantía ni contrato que sirva de apoyo para nuestra actividad. Por esto, me veo instado a defender la hipótesis de la “tinchificación” del mundo. 

Esto no quiere decir que los marcos de reconocimiento y privilegio se han ampliado para beneficio de las grandes mayorías, sino que, debido al lento y profundo proceso de moldeo de nuestras subjetividades bajo las lógicas viriles de la competencia, incluso las disidencias sexo-generizadas, las mujeres y lxs trabajadorxs empobrecidos nos hemos tinchificado, ya que hemos ingresado en las lógicas de competencia al que el sujeto liberal-Tincho se ve impulsado, pero sin los privilegios que él posee.

De esta manera, se ha cargado en nuestras espaldas todas las problemáticas competitivas de Tincho, pero sin los circuitos de privilegios (capital, herencias, propiedades, masculinidad, blanquitud, cis-hetero sexualidad) que él ostenta. El juego de manos del neoliberalismo, al “liberar” a la humanidad de la doctrina fordista de trabajo, tinchificó a la humanidad al convertirla de derecho en un conjunto de individuos aislados que creen no deberle nada a nadie, mientras en el hecho la han despojado de las bases de seguridad social y laboral conquistada por lxs desposeídxs a lo largo de siglos pasados. 

De esta forma, todxs competimos con aquéllos que están igual de oprimidxs que nosotrxs, disputamos con quien está al lado para llegar primero a los lugares de reconocimiento, y nos vemos obligados a pisar cabezas para subsistir. El neoliberalismo disemina un modo de vida virilizante y carnívoro, que pretende devorar y colonizar todo a su paso. No nos deja opción: si no lo hacemos, si no zarpamos a la carrera competitiva, si no nos armamos de violencia masculina, de violencia-de-Tincho, nosotrxs también seremos devorados. 

2. Matar a Tincho

Hasta aquí, desarrollé un primer esbozo donde enmarqué a Tincho como modo de vida cuya idea rectora es la acumulación de valor y privilegios por medio de la extracción y la violencia. Filosóficamente lo enmarqué bajo la ideología liberal y todos sus sesgos. Señalé como pensarse como un individuo aislado, que nace portando una serie de facultades y potencias universales, y que sale al mundo para construir política y sociedad es la percepción que Tincho tiene de sí. Allí reside la base de sus privilegios y de las violencias que ejerce contra todxs lxs excluídxs de sus marcos de reconocimiento. 

Como ya dije, lo que Tincho no ve es todo el andamiaje histórico que sostiene su circuito de privilegios. Las relaciones impersonales de dominación administran su identidad y las nuestras para ocupar ciertos lugares en un juego que, en primera instancia, parece ya haber sido dirimido: si sos Tincho, triunfás, si no, no. Por esta ceguera, Tincho hace pasar por inmediato lo que es mediato, imaginando que en su genialidad reside su éxito, y en nuestra desinteligencia, nuestro fracaso. 

Matar a Tincho, entonces, no consiste en lesionar individuos ni en atacar las formas terminales de estas lógicas abstractas de dominación. Al menos, no a priori. No se trata de combatir el efecto, sino la causa. Matar a Tincho es atacar las condiciones de producción patriarcales, coloniales y clasistas de producción de subjetividades. Para ello necesitamos soñar con la abolición de esas lógicas violentas y extractivistas que, como dioses arcaicos, nos han maldecido antes de que siquiera existiésemos. 

Tal empresa parece ambiciosa, pero quizás nos sirva como un horizonte que no debamos renunciar. Digo esto a la luz de lo que el siglo ya nos ha mostrado: abandonar nuestros horizontes emancipatorios en nombre de índices de redistribución de bienes y reconocimientos no ha llevado a ningún proceso superador o conciliador, sino que sólo ha enardecido la violencia de Tincho.  La escalada fascista en nuestra región es muestra de eso. Los ciclos progresistas parecen, por ahora, sólo cerrar por derecha, con el aplauso de miles de Tinchos que agitan las banderas de la restitución de un pasado perdido a partir del exterminio de lo que sea que hayan adoptado como enemigo: el feminismo, las disidencias sexo-generizadas, el “socialismo”, el “marxismo”, Bill Gates, y una gran lista de etcéteras. 

Quizás el hecho de no haber podido soñar más allá de las módicas redistribuciones (no por eso menos importantes) de los gobiernos bolivarianos de la región es lo que nos haya metido en este espiral autodestructivo en el que aún parecemos inmersxs. Pero quizás también esta evidencia sea un sedimento para entender que Tincho, a diferencia de nosotrxs, no va a hacerse a un lado, ni a correr su culo para darnos un lugarcito. Tincho defiende a uñas y dientes lo que cree que es suyo. Es hora de que nosotrxs hagamos lo mismo. 

Por José Ignacio Scasserra
Ilustración: Manu Zaffa