Todxs contra Tincho II

Tincho se compone por numerosas materias primas que entran en contacto para moldearlo. Sin embargo, hay una que es prioritaria. Se trata de la dominación total y abstracta que desde el comienzo de la modernidad ilustrada y capitalista administra el mundo bajo sus caprichos: el capital. 

Tincho es un momento del despliegue de un modo de relación impersonal y estructural que impulsa todo lo existente a la carrera frenética de producción de valor que se auto valorice. Su producción se da en virtud del desarrollo del capital, y sus configuraciones responden a los despliegues de éste. Él resulta de la acumulación de trabajo necesaria para valorizar, la cual distribuye individuos entre sujetos desposeídos y sujetos poseedores.  Entre estos segundos encontramos a Tincho. En los primeros, trabajadorxs, cuerpos racializados, mujeres y disidencias sexuales nos volvemos blanco de sus lógicas extractivistas para que el dinero acumulado pueda devenir en capital. 

De allí que el capital se apoye estratégicamente en el patriarcado y el colonialismo como otras dos estructuras impersonales de dominación que posibilitan esa acumulación. La violencia interseccional se dibuja ante nosotrxs: Tincho, por estar en la cumbre de esa pirámide, no sólo será machista o misógino, sino también racista, capacitista, y ejercerá violencia de clase. 

Ninguno de estos privilegios aisladamente es razón necesaria ni suficiente para devenir-Tincho. La violencia machista puede ejercerse entre trabajadorxs precarizados; la homofobia, por cuerpos racializados. Eso no nos vuelve inmediatamente Tinchos. Pero cuando esas violencias ingresan en una lógica de sedimentación y acumulación, y confluyen circunstancialmente en un cuerpo que ostenta todos los privilegios históricos y, por ende, ejerce todas las violencias, podemos decir que “ha nacido un Tincho”. Por eso es necesario entender la “acumulación” como piedra angular de Tincho como modo de vida.  

Sin embargo, es necesario señalar la prioridad del factor “clase” por sobre el resto de las matrices de dominación. Una mujer propietaria de los medios de producción puede devenir “Pili” sin grandes complicaciones. Lo mismo sucede con un cuerpo racializado, si su entorno no lo lee como “negro” en virtud de la clase social que habita. De esta forma, la posesión/ desposesión que marca la diferencia entre trabajdorxs y no trabajadorxs, propietarios y no propietarios de tierras, es la matriz que prioriza sobre el resto, y la condición necesaria para que el resto de las violencias confluyan para fabricar a Tincho. 

Por su lugar en la estructura, Tincho todo lo puede. El mundo ha sido moldeado para él por fuerzas que lo exceden. Por ello todas las puertas se abren ante él, y todo lo existente puede doblegarse a sus designios. Esto no se da por los talentos de Tincho, sino solamente por el lugar privilegiado que ocupa en la estructura impersonal de dominación que se encuentra operando de fondo: el capitalismo patriarcal y colonial. 

Tincho cree que todo lo que posee se lo ha ganado, que es resultado de su esfuerzo y su dedicación. Lo que Tincho no sabe es que él es la forma terminal, el punto cúlmine de un proceso que lo antecede, que comenzó antes que él, y que lo sobrevivirá. Tincho no “es” todo lo que él piensa que es, sino que “está” en determinado lugar de una estructura que lo privilegia. Posee privilegios por condiciones estructurales, y no por su voluntad, y mucho menos por su lucidez. 

1. El imperio de Tincho.

Por todo lo dicho hasta este punto, el capitalismo neoliberal, patriarcal y colonial del siglo XXI no es sino el imperio de Tincho. 

Si se mira de cerca, y se coloca una lupa filosófica a aquello que twitter dijo con velocidad, es posible dar cuenta de que Tincho es el correlato de una corriente de pensamiento, de una ideología determinada. Tincho es el sueño del liberalismo. 

El axioma del que parte el liberalismo es que el fundamento último del estado de cosas es un sujeto racional y libre que se hace carne en un individuo. El “giro copernicano” del liberalismo hace al sujeto dueño de su destino y de la historia. Ya no es la naturaleza, ni dios, el portador de todas las verdades y el fundamento de que las cosas sean lo que son. Por el contrario, es el sujeto instanciado en un individuo, “el hombre”, quien pasa a ser la piedra angular del mundo, en virtud de su razón y voluntad. 

De este modo, ese “hombre” es portador de razón, voluntad y libertad como facultades inalienables, propias de su constitución antropológica, inmediata y originaria. Los talentos, las virtudes, las fuerzas y resistencias de ese “hombre” no provienen de contextos o mediaciones históricas o culturales, sino que provienen de él mismo, de su conformación. Dicho velozmente: el sujeto racional y libre es un despliegue inmediato, y no resultado de una construcción. De esta forma, se le atribuye a su estructura trascendente todas sus características, y se vacía de historia y geografía sus condiciones de emergencia. La razón y la voluntad humana dejarán de tener fecha y lugar de nacimiento, para pensarse como universales e inmutables. 

Este modo filosófico, inaugurado en la modernidad, se ha impuesto como ideología dominante, y al día de la fecha, ha dejado de triunfar. Es posible afirmar que el mundo en el que vivimos fue moldeado bajo estos principios. Si prestamos atención podemos darnos cuenta que la mayor parte de los sentidos comunes que circulan en la sociedad son supuestos liberales: “todos nacemos libres e iguales”, “todos somos iguales ante la ley”, “la libertad de uno termina donde comienza la libertad del otro”. Estos relatos, que se demuestran falsos en la experiencia, proliferan en nuestros discursos e instituciones, moldeando los marcos enunciativos en los que Tincho como modo de vida puede emerger y discurrir. 

La efectividad del liberalismo es doble. Al neutralizar la historia por medio de entenderla como el despliegue de voluntades individuales, y no de movimientos estructurales, inmediatamente premia al poseedor como “merecedor” de lo que una estructura ha expropiado por él; asimismo, señala con el dedo y cupabiliza a quien se encuentra desposeído por condiciones igualmente estructurales. ¿Cuántas veces hemos escuchado “no quieren labrurar” de parte de gente que no ha trabajado un solo día de su vida? ¿Cuántas horas hemos trabajado, para ver que nuestros salarios son pulverizados mientras los ricos de siempre mantienen su propiedad? ¿Cuántas veces hemos sido tildados de vagxs por gente que no podría, si quiera, empezar a comprender este texto?

2. Tincho y sus contratos

Ahora bien, el gran problema que la filosofía moderna debe enfrentar después de haber creado a su criatura, es decir, al “sujeto libre e igual”, es el de la obediencia política. Si todos los individuos llegan a este mundo con el fundamento de las cosas en su mochila, y cada uno porta autonomía, libertad, y razón, ¿por qué le debería obediencia a alguien? ¿Cómo gobernar a ese sujeto que es el fundamento último de todo lo que es? ¿Por qué el sujeto debería obedecer al Estado, si es libre y racional por su propia constitución antropológica? En otras palabras: si todos los “hombres” nacen libres e iguales, ¿por qué deberían obedecer legítimamente los designios de un cuerpo político?

La solución que el pensamiento moderno encontró para ello fue la idea de contrato. El relato es conocido: la premisa de que cada individuo posee iguales facultades y capacidades por su naturaleza, lleva necesariamente a pensar la “guerra de todos contra todos” (Hobbes) como consecuencia de que todos quieran todo para sí. Sin embargo, éstos sujetos, debido a esa búsqueda del propio interés, también poseen la capacidad de bajar las armas y celebrar el “contrato social”. Con este acto fundacional, se inaugura el socius, el cuerpo político en donde las reglas, que todos hemos pactado, se cumplen. Por eso, la obediencia política se compatibiliza con la libertad e igualdad inalienable que la modernidad piensa para el sujeto, ya que éste sólo se somete a las reglas que él mismo se dio por parte de un acuerdo. 

De esta manera, el sujeto ahora ya no sólo es fundamento de toda la especulación filosófica, sino también del cuerpo político y de la sociedad. No existe un todo previo a las partes, sino que las partes se ensamblan para construir un todo. Para el sujeto liberal, su individualidad es más importante que el lazo social, ya que ese lazo social es un producto de él mismo. El espacio de seguridad con el cual proteger la vida, y la propiedad privada del sujeto moderno-Tincho entonces es un artificio de él mismo, y no algo que lo anteceda. La propiedad se liga naturalmente a este individuo “libre e igual”, mientras que la sociedad o el estado no son sino rebotes, artificios producidos para proteger lo que existía previamente. 

Esto convierte los derechos de Tincho en algo prioritario con respecto a los valores colectivos. Si la sociedad no es un todo, sino que es un ensamble de individuos, los derechos individuales son lógica y ontológicamente prioritarios a los bienes comunes y derechos colectivos que se puedan imaginar. Este anudamiento es el que vemos proliferar a diario en las quejas de los Tinchos ante políticas sociales, leyes de cupo, e intentos de redistribuir recursos o reconocer derechos. La libertad de Tincho de comprar y vender y desplazarse es más importante que cualquier cosa en el planeta. Evidencia cruel de esto ha sido la pandemia que azota al planeta desde el apocalíptico 2020: “mi libertad es más importante que el sistema de salud”; “mi derecho es más importante que la cuarentena”; “mi bienestar es prioritario sobre las indicaciones médicas”. Todos los discursos de odio que vimos encenderse en las peligrosas marchas “anti-cuarentena” orbitaban en torno a estas ideas. 

Por todo esto, el liberalismo es la ideología que se encuentra a la base del imperio de Tincho. Lo postula como el origen del cuerpo social, su fundamento y su verdad, al mismo tiempo que asume que posee ciertas facultades que son universales. Le genera la ilusión a Tincho de que todo lo que posee, lo posee por su propia iniciativa. Esta idea acarrea el subtexto de que todxs aquéllos que no somos Tinchos, y nos encontramos en situaciones de precariedad y desposesión, padecemos esas condiciones por nuestra falta de iniciativa o de habilidad. 

Ahora bien, si todos estamos invitados al contrato social, ¿por qué hay quienes seguimos excluídxs de múltiples circuitos de bienes y derechos? La respuesta a esta pregunta se encuentra en la propia formulación. El contrato social es un pacto de todos, no de todxs. 

3. Disparen contra Tincho. 

Por suerte, el relato liberal ha conocido numerosas críticas desde el discurso filosófico. La gran lección que puede tomarse de la metafísica hegeliana con respecto a esta problemática es comprender lo individual como un momento, una instancia del despliegue de algo más amplio, que lo antecede. Su compleja metafísica da cuenta de cómo la particularidad no es sino lo puesto por un movimiento previo de la totalidad. Quienes parten de la particularidad se encuentran extraviados en el pensamiento, por no poder dar cuenta del movimiento racional de la totalidad del cual son parte. De esta forma, lo que Hegel hace es invertir el tablero de la modernidad en términos metafísicos: primero la totalidad, después la particularidad. 

Traducido a términos políticos, lo que se encuentra señalando es que un contrato privado jamás puede fundar un Estado público, pues es el estado quien antecede lógico-ontológicamente a ese acuerdo privado. Es decir, sin un marco de reconocimiento universal previo, no es posible que haya dos individuos que contraten. Dicho en criollo: sin un estado que reconozca la celebración de contratos privados como legítimos, éstos no serían válidos. Por eso, toda la idea de “contrato social” se muestra absurda, por pretender fundamentar por medio de una parte la totalidad que opera como condición de posibilidad de ésta. 

La discusión de fondo aquí es entre un pensamiento de la inmediatez, o un pensamiento de la mediación. Mientras Tincho insiste en fundamentar sus privilegios en la inmediatez de sus talentos (yo soy libre, racional, inteligente, astuto, fuerte, atractivo, etc.), un pensamiento de corte crítico y hegeliano necesita señalar que todo eso que Tincho posee no es sino el resultado de una mediación, de un proceso ontológico, histórico y político previo. 

En esa línea, el relato marxista de la “acumulación originaria” (famoso capítulo 24 del primer tomo de El capital) señala que para que se encuentren dos masas de “hombres” que pueden entrar en contratos laborales (“yo te empleo, vos te empleás para mí”) es necesario un proceso previo de desposesión por parte de unos, y de acumulación por parte de otros. Por medio de este proceso se producen los burgueses, y los proletarios. Entre otras cosas, lo que Marx se encuentra señalando es que no existe tal sujeto “libre e igual” que llega al mundo con facultades iguales y comunes a todos, sino que esas capacidades, fuerza, inteligencia, destrezas, riquezas, posibilidades, son resultado de mediaciones históricas, las cuáles han estado atravesadas por violencia. 

En el caso del capitalismo, fue necesario que unos se adueñen de los medios de producción, instituyéndose en propietarios burgueses, y que a otros se los desposea de sus medios de trabajo, como la tierra, para que se conviertan en “trabajadores libres”, es decir, proletarios, en una doble independencia: independencia jurídica para poder ingresar en un contrato laboral (garantizada por el liberalismo), e independencia de tierras para necesitar vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario. De esta forma, si Hegel había demostrado que detrás de la inmediatez que el sujeto (o sea, Tincho) sueña como propia, no hay sino mediación histórica, lo que Marx agrega es que esa mediación fue un acto violento, perpetuado por saqueos, robos, violaciones y persecuciones sangrientas. En otras palabras, todo lo que Tincho posee, lo ha robado. 

La teoría feminista hace aquí otro aporte fundamental. En múltiples ocasiones ha señalado que detrás del “contrato social” que imaginó la modernidad como inaugurador del lazo social, existe un “contrato sexual”, en donde se acordó que sólo los hombres, blancos, cis y heterosexuales serían sujetos de los acuerdos. Es decir, lo que los feminismos observan es que sólo los Tinchos pueden celebrar contratos y beneficiarse de ello. Todo lo que no encaje en el modo de vida Tincho, no goza de las seguridades de ese contrato social. Especialmente las mujeres han sido quienes han quedado excluidas del circuito de la propiedad privada, la propia voz, el reconocimiento de derechos, etc. Esto pone de manifiesto la contradicción principal de la ideología liberal, que se propone reconocer universalmente a todas las individualidades, mientras deja por fuera de sus consideraciones a más de la mitad de la humanidad (Amorós). 

Algo análogo sucede con el pensamiento decolonial. La universalidad de la razón moderna que Tincho atribuye a todos los seres humanos también tiene un color determinado, que por supuesto, es blanco (Chukuwdi-Eze). La universalidad de la razón ha sido puesta a trabajar para violentar y saquear pueblos, culturas y civilizaciones enteras. El ampliamiento de la civilización y de la razón no se propuso reconocer derechos y hacer vidas más vivibles, sino atropellar todo aquello que se planteó como una alteridad para esa razón. 

De este modo, las teorías críticas como el marxismo, los feminismos y los estudios decoloniales han señalado con éxito el juego de manos que descansa en el corazón de toda ideología liberal: al hacer pasar por hecho lo que sólo es de derecho (es decir, decir que “es” lo que “debería ser”) y dando por supuesto que todxs nacemos “libres e iguales”, en un mundo donde hay gente que nace en un barrio privado, y gente que nace en una villa miseria, perpetúan la violencia histórica contra todxs aquéllxs que no encajamos en ese modo de vida. Esta perpetuación se da por la extracción de trabajo y vida por medio de la violencia para consumar la acumulación, mientras nos repiten “ustedes también pueden”, señalando con el dedo a quien pierde en la maravillosa carrera competitiva del mercado. 

Excluidos de ese pacto social por las violencias sexuales, raciales y de clase que lo constituyeron, todas las identidades que integramos la gran categoría de “precariado” (mujeres, migrantes, pobres, minorías sexuales, trabajadorxs, cuerpos racializados), llegamos a un mundo meritocrático donde las desventajas estructurales tendencian a privilegiar la existencia de los Tinchos, en detrimento de la nuestra. El mundo que el liberalismo soñó, donde se reconocieran universalmente los derechos de todos los individuos, por ser éstos fundamento del socius, no se ha realizado. Por el contrario, se supuso una igualdad abstracta, en el plano del derecho, para violentar en el plano del hecho a quienes no fuimos incluidxs en el contrato de los Tinchos. 

Por eso Tincho no deja de aparecer. Y ese Tincho que vemos día a día es ciego a sus propios privilegios; una venda le oculta las mediaciones estructurales que lo hacen ser lo que son, y el modo en que monta circuitos de privilegios que excluyen necesariamente a la mayor parte de la humanidad. 

Todo lo que estoy señalando se sustenta en numerosos desarrollos teóricos, pero también se encuentra en numerosas experiencias personales y colectivas. ¿Cuántas veces hemos visto a la justicia garantizar derechos de Tinchos, y violentar a quienes no respondemos a ese modelo humano? ¿Cuántas veces vemos triunfar a los Tinchos en un mundo moldeado a su imagen y semejanza? ¿Cuántos Tinchos vemos en lugares de poder y decisión? ¿Por qué la policía aplaude a los Tinchos cuando se manifiestan, pero golpea a trabajadorxs que salen a pedir por derechos y garantías laborales? 

De allí que todxs aquéllos que hemos quedado por fuera del contrato necesitemos disparar contra Tincho. Por los vínculos de extracción y explotación que Tincho mantiene con nosotrxs, en vistas de cumplir con formas abstractas de dominación que el propio Tincho no ve, necesitamos combatir a Tincho hasta las últimas consecuencias. Asimismo, cualquier intervención en su circuito de privilegio hace responder a Tincho con la violencia propia de quien no quiere largar su bolsa de oro. La violencia anti-feminista, supremacista, y de clase que estamos atestiguando en los ciclos de lucha del siglo XXI es ocasión de ello. En primera instancia, y dispuestas, así las cosas, un escenario se dibuja: o Tincho, o nosotrxs. 

Por José Ignacio Scasserra
Ilustración: Manu Zaffa