Hacia la invención de infinitos placeres.

¿Queda todavía en ti algo del Nuevo Platón? ¿Qué puede ofrecer tu corazón? ¿Amor por amor? Piénsalo. Si tu deseo no ha sido una mentira, lo que tu buscas ya lo has encontrado…. Yo soy, porque debo serlo.

Tu Anatole.

Esta carta de amor llegó en noviembre de 1877, y desató una pasión epistolar donde tres involucradxs, dos hombres y una mujer, se vieron empujadxs a buscar hoteles nocturnos, enviar fotos por correo, y verse a escondidas. Poco a poco se construye ante nosotrxs una trieja homo-heterosexual en donde la exploración masoquista se encuentra a la orden del día[2]. “¡Qué historia tan adornada, tan moderna! ¡parece sacara del siglo XXI…!” Una y otra vez, escuchamos este desacierto que asume que la creatividad en materia de placeres, erotismo y sexualidad ha nacido con nosotrxs, los únicos astutos de la historia, que supimos “liberar” nuestra sexualidad.

Rastrear estos archivos nos permite tomar distancia de nuestra vanidad en nombre de nuestras genealogías. No ha sido la década quien ha parido a la homosexualidad, la transexualidad, o el sadomasoquismo. Las relaciones de más de dos no existen sólo en el siglo XXI. Por doquier, se habla de “nuevas” relaciones, “nuevas” familias, “nuevos” modos de producir placer, borrando de un plumazo nuestra historia, en la cual proliferan escenas imposibles, no sólo para la moral burguesa, sino que aparentemente también para nuestras imaginaciones progresistas. Dispuestas así las cosas, cada generación llega y corre el peligro de realizar un “borrón y cuenta nueva”. Curemos pues, el “mal de archivo” y acomodemos un poco las cosas.

La experimentación con el placer es algo tan viejo como la injusticia. El ciudadano griego abordaba sus placeres como se aborda la materia prima para construir una obra de arte: buscaba los modos de intensificarlos, dominarlos, organizarlos. Conocía los peligros de volverse un esclavo de la pasión, pero no por eso dejaba de jugar con ese fuego vertiginoso. Asimismo, el placer sexual ocupaba un lugar importante, pero no prioritario (qué urgente que es aprender esto para nuestro siglo XXI hiper-sexualizado). Para producirse a ellos mismo en relación con los placeres, los ciudadanos griegos estetizaban no sólo la sexualidad, sino también su relación con la comida, la bebida, la filosofía, el juego, el deporte, la economía, los chistes, la risa. La sexualidad no había aún subida al trono en el que la modernidad la colocó, y del cual al día de la fecha no ha bajado.

No se imagine con esto un libertinaje desenfrenado. No se tratataba de “liberar” la sexualidad (jamás se trató de “liberar” nada). Era más bien una inquietud, una pregunta de cómo embellecer, mejorar, organizar, y cuidar nuestra relación con los placeres (porque reiteramos, son muchos). ¿Cómo investigar el “amor de los muchachos” sin descuidar a la esposa? ¿Cómo vivir una pasión con el profesor de filosofía, y hacer de eso una preparación para el mundo político? ¿Qué dieta es mejor sostener al anochecer, para no ser turbado con sueños angustiosos? ¿Hasta dónde los placeres no se vuelven nocivo para la propia salud y libertad? Todos interrogantes que el polite se hacía a la hora de construirse a sí mismo como una obra de arte.

En nuestro epígrafe fuimos testigos de una pasión intelectual y erótica entre dos hombres y una mujer, en el siglo XIX. Esta pasión se encontraba, entre otras cosas, mediada por la palabra: los placeres se decían, se escribían en cartas. No debe sorprendernos: la modernidad, con todos sus cerrojos represivos, fue sin embargo la época en la que se inventó el placer en decir el placer. La fascinación por la indiscreción se vuelve moneda corriente en los años victorianos. Todas las voluptuosidades tienen que ser dichas, pasadas por el discurso: el gemido se vuelve palabra.

No han cambiado mucho las cosas. En nuestra actualidad asistimos al sexo por chat como recomendación de estado. El placer como invención creativa regresa, siempre sometiéndose a criterios éticos y estéticos, que ahora conviven con eficacias biopolíticas (siempre la gramática del control acecha). El siglo XXI ha tenido, asimismo, sus novedades: el placer ya no debe ser dicho, debe ser mostrado. El devenir-porno que la cultura de la imagen actual propone es, nuevamente, resultado de una invención placentera. Estamos a poco de empezar a hacerle decir a nuestras nudes cuál es la verdad y esencia última de lo que somos.

Cuento todo esto para tomar perspectiva de lo múltiples y diferenciados que pueden ser los placeres que podemos inventar. Rastrear la historia de esa diferencia nos permite desconfiar de aquéllas perspectivas que consideran que debajo de nuestras experimentaciones, hay algo por “descubrir”. Ni ese ciudadano griego del que les hablo, ni nosotrxs, lxs empresarixs-de-si urbanxs del siglo XXI que hemos llegado a ser (nos guste o no nos guste) lidiamos, a la hora de construirnos como sujetos de placer, con fondos y núcleos íntimos de lo humano. No arruinemos con profundidad la maravillosa frivolidad que el hedonismo encierra, y esto lo digo sin ninguna connotación peyorativa. Por el contrario, lo digo para insistir en que el placer jamás ha sido asunto de “descubrimiento” de ninguna profundidad, sino de creación. Ha habido, y aún hoy hay, quienes defienden la idea de que detrás de esas voluptuosidades, se esconde la “esencia” de lo que somos (ay, he visto venderse esta idea como pan caliente en discusiones de Mazmorra). Bajo esta hipótesis, que llamo “esencialismo sexual”, a través de nuestros gemidos hablaría nuestra “verdadera” identidad. Debemos discutir con esta noción, si queremos hacer de nuestros placeres una zona infinita de creatividad, y esto por dos motivos.

En primer lugar, el esencialismo sexual opera como mecanismo de coartación. “¡Ah, era esto, de esto se trataba!” decimos, y nos dejamos ya-capturar por una nueva normativa. Si esa normativa se vuelve identidad, vamos muertos. “Disculpá, yo soy pasivo” masculla el puto de gimnasio, “yo soy re vainilla”, “es que soy re torta”. Por todos lados, el verbo “ser” viene a reafirmar un sedimento y a destruir mundos virtuales y posibles que el maravilloso “estar” de los placeres multiplicados podría explorar. Nuestros placeres están, no son. Por otro lado, se genera la ilusión de que esa “esencia” debe ser “liberada” para nuestra plenitud placentera. Está fábula de la liberación es ciega a los modos en que podemos ser gobernados a través los placeres. Invisibiliza que el placer es resultado de biopolíticas (creativas, sí, pero cuya finalidad necesitamos revisar) que se imprimen sobre nuestros cuerpos y construyen nuestro deseo. Insisto: mostrar el culo en Instagram, además de darnos placer, produce valor gratuitamente para una empresa transnacional. Por más de que nos guste, no es una liberación de nada, y podría ser, sin más, un acto de explotación y de gobierno de otrxs sobre nosotrxs mismxs. Para que no se malentienda, cada quien muestre el culo todo lo que quiera, pero no haga de eso una toma del palacio de invierno, porque sencillamente no lo es.

Con esto no estoy diciendo que no tengamos preferencias, ni gustos que nos sientan mejor, o que debamos salir a cogernos todo lo que camina (por favor, eso sería construir un nuevo imperativo). Lo que estoy diciendo es que es hora de hacernos cargo de que los placeres los hemos inventado nosotrxs. Son resultados de complejísimos diálogos con nuestro mundo, nuestra biografía, nuestra generación, y todo ese horror que nos hizo ser lo que somos. Nuestro barro histórico ha creado el compost con el que nuestras manos no pueden dejar de trabajar. Como decía la carta de la que partimos: el deseo jamás puede ser una mentira, pero porque tampoco puede ser verdad. Sencillamente es, y podría ser de otra manera. Si escapamos a ese binomio, se abre ante nosotros el horizonte de toda esa materia prima moldeable y maleable, que podemos retocar hasta el infinito, construyendo de este modo infinitos modos de ser, de disfrutar, y por supuesto, de sentir placer.

Por José Ignacio Scasserra
Arte: Van Arce


José Ignacio Scasserra es profesor de enseñanza superior y media en filosofía. Se desempeña como investigador (CONICET / UBA) en el Instituto de Investigaciones de Estudios de Género (FFyL). Actualmente se encuentra cursando su doctorado en filosofía (FFyL, UBA). Es miembro de la cátedra abierta “Félix Guattari”, del colectivo “Mariposas Mirabal” (Educación sexual integral) y CEIPH (Cooperativa de educadores e investigadores populares histórica).

[2] Le sucedió, de hecho, a Sacher Masoch, “creador” del masoquismo y autor de La venus de las pieles. La carta es extraída del archivo que ofrece Gilles Deleuze en Presentación de Sacher Masoch