Mujeres de la mina

“Desmontes que no tienen nada de mineral, ya están agotados, acabados, ¿no? Las grandes empresas cuando llevamos a vender, también no nos pagan un precio justo. Y es a veces una tristeza que nuestro cerro se acabe. Porque… si el cerro se va a acabar, yo creo que Potosí se ha de morir”.

El aullido del viento, la oscuridad impenetrable en la montaña, apenas salpicada por las luces lejanas de la ciudad, y murmullos que conjuran los males cuando las llamas rescatan de las sombras la figura de una mujer venerando a su madre: la pachamama. No hay palabras rotas, solo ofrendas de gratitud que conjuran los miedos de ser una mujer de la mina: sobre los dolores, las luchas y el coraje sin tregua que se vive en las minas del Cerro Rico, Bolivia. Así comienza el documental de Malena Bystrowicz y Loreley Unamuno.

No hay narrador, y sin embargo no hay ningún momento de vacío. Cuando Lucía Armijo, referente sindical, cuenta sobre la muerte de su guagua por los golpes de su ex marido, las palabras se quiebran, y la cámara inmóvil, sin herir su dolor, deja que el silencio tome la palabra.

No hay voz en off; el documental es tomado por las voces de las mujeres, trabajadoras, madres, compañeras, militantes de la fortaleza. Nuestras hermanas bolivianas que comenzaron a organizarse para defender sus derechos laborales.

Estas historias nos dejan tatuados nombres como el de Domitila Barrios Chungara que, con sus compañeras, usaron cinturones de dinamita amenazando a las fuerzas paramilitares en la dictadura de Hugo Banzer. Apostaron la vida y el dolor de no volver a ver a sus familias. Si para algo no está preparado el poder político y patriarcal es el uso de la fuerza y el poder de las mujeres.

Uno de los momentos más intensos e inquietantes es cuando Lucía visita la casa de una anciana y comienzan a hablar en quechua. La decisión de las directoras es no traducir lo que dicen, y una cachetada de humildad nos ubica en nuestra limitación de mujeres, burguesas, blancas, euro culturales, colonizadas y somos nosotras las que tenemos que aprender su idioma, somos nosotras las que todavía estamos fuera de su mundo y al que no podemos entrar sin pedir permiso y quizás perdón; porque fueron ellas quienes aprendieron a leer y escribir español, su segunda lengua, hasta llegar a ser representantes sindicales.

El documental nos confronta con dos modos de relacionarnos con la naturaleza: ser hijas o explotadoras de la tierra. Nos muestra las corpachadas en honor a la Pachamama y las ofrendas de paquetes de galletas de multinacionales, y a la vez el sincretismo religioso de un funeral católico de otro hombre muerto en un derrumbe de la mina, mientras dos palomas se aparean entre cánticos de requiem. Nos confronta con tensiones sociales y culturales.
Por su supuesta debilidad fisica, y también porque las consideraban portadoras de mala suerte, no  dejaban que las mujeres trabajaran en la mina. Esto, que parecía una desgracia, las ayudó a sobrevivir a los accidentes y enfermedades relacionadas con el trabajo de la minería, lo que explica que la mayoría de la población sea de mujeres, especialmente, de viudas.   

Como a la montaña, el capitalismo patriarcal y colonial ha violentado a las mujeres de la mina, pero no les han robado la fuerza y el valor de ser quienes son: hijas y herederas de la Madre Tierra.

Link para ver el documental: https://vimeo.com/269928549

Fecha de estreno: 2014

Dirección, guión y producción: Malena Bystrowicz y Loreley Unamuno

Por: Florencia C. Barba Lijerón y Daniela Sanchez Enriquez.
Arte: Van Arce