El festival Grl Pwr pasó por el CCKonex

Que Julieta Venegas le pone el cuerpo es sabido: se le notan los tendones cada vez que presiona una de las teclas del piano o del acordeón y este mismo actuar armoniza con la emocionalidad de cada une de les presentes; sí, estamos hechizades. Y es que Julieta, con su voz dulce que te abraza desde el escenario, siempre fue sinónimo de frescura, aceptación y, sobre todo, talento a raudales. Miro alrededor y veo que la gente se abraza y se besa. Incluso llora. Antes de tocar Ese camino, aclara que para ella ese lugar que conforma la infancia debería no borrarse, ya que es la forma más increíble de visualizar lo que nos ocurre como si fuese la primera vez, con los ojos bien abiertos, expectantes; nos pide que la vida no nos endurezca y nos atrevamos a sentir todo, inclusive lo que nos da más miedo. Creo que se refería al amor. Al menos, eso entendimos todes. En fin, no se me ocurre una mejor manera de arrancar un festival que con este ser que, prácticamente, galopa en el aire. 

Minutos después y en el mismo escenario, aparece Melanie Williams y El Cabloide. ¿Qué decirles de esta banda? Saltan miles de preguntas. No sólo a mí, también al resto de les espectadores y la principal podría resumirse así: “¿Quién podría imaginarse que, mientras alguien toca la batería, podría cantar tan acertadamente?” Bueno, ella puede. Y lo más divertido fue que, en cada intermedio, no hablaba al público, sino que le cantaba. Nos alentaba a ser nosotres mismes, a querernos más allá de la mirada ajena. 

Mientras tanto, ocurrían varias cosas: clases de autodefensa, twerking, la femiferia, murales en vivo y en el escenario rojo, la sala de las columnas, tocaban Luanda – increíble – y HTML. ¿Escucharon la última? En caso de contestar con una negativa, les animo a ir a escuchar 17, un álbum estrenado en el año 2017, surgido de una búsqueda de experimentación y una necesidad de expresarse que la artista plástica Marina Saporiti tuvo tras escuchar a Juana Molina. Su energía es increíble y escarba en esa tierra milenaria del lado femenino que siempre fue dejado de lado por el patriarcado. Nada. Vayan a escucharla y verla. 

No crean que me olvido de Loli Molina. Todes sabemos que lo bueno se hace esperar. Hace unas semanas estuvimos con ella, charlando acerca de su último disco, Lo azul sobre mí, y fuimos espectadores de una monstruosidad musical delicada y bien armada. Loli es una guerrera. Tan guerrera que invocó a las nubes y al viento; esta mujer es etérea y quedó claro cuando, tras dejar el escenario en pequeños saltos, lloramos, boquieabiertes. Cantó por sus amigues y por nosotres, por todes les que día a día nos enfrentamos a los prejuicios y, lo más sorprendente, es que lo hizo desde un lugar poético plagado de vulnerabilidad, dulzura y comprensión. 

Para seguir, tengo que contarles un detalle personal: mido 1,54 y en los festivales suelo perderme casi todo que implique el aspecto visual de las bandas. Por ello – y desde bien chica – decidí empezar a cerrar los ojos para concentrarme en la música. Sin embargo, cuando escuché una guitarra con toques grunge, supe que tenía que ser testiga. Decidí ir a un costado del vallado y vi rulos. Paula Maffia & Sons. Qué bravura, coordinación y organización de sonidos comprende esta power trío y es que no exagero cuando les tildo de versátiles: rock, un tanto de indie y blues, y mucha Latinoamérica por ahí, con letras que, finamente, relatan acerca de lo asumido y tratan de quebrar con ciertos universos y estereotipos que nos encastran.

Todes están emocionades, casi que corren hacia el interior. Cuando llegamos, vemos  a varies de les artistes que tocaron antes como espectadores. Ese bancar al otre está latente en el festival y también el respeto, el amor y el cariño distante que se ve desde les que asistimos tanto como admiradores o artistes. Y sí. Barbi Recanati y Marilina Bertoldi nos estaban esperando. Estuvieron haciendo tiempo y, cuando nos vieron llegar, comenzaron a abrazarse, grabarse, a charlar con el público. A Marilina se le escapa tan naturalmente lo musical que antes de que les den el visto para arrancar, ya está afinando la viola y moviéndose por el escenario, inquieta. Si no lo hiciera, no sería ella. Entre ambas nos hicieron bailar sus mejores canciones, gritar y celebrar la nueva época que se nos viene, una llena de esperanza; lo personal es político.

Si no quedó claro con el line-up, tomaré apenas unas palabras para confirmarlo: el festival fue in crescendo, lo cual se presenció explícitamente con el show de la siempre espléndida Sara Hebe. Con su melena kilométrica, sus movimientos y una gran lengua hiphopera, la sureña convocó una danza sincrónica y colectiva entre todes. Poco a poco, comenzamos a saltar, a denunciar a las instituciones patriarcales, a gritar por el derecho al aborto y a cantar contra todas las injusticias que están atravesando nuestres hermanes latinoamericanes, los que hoy, más que nunca, precisan de nuestro apoyo incondicional.  

Se encargaron de cerrar Laysa & Dj Peppers, Tranki Punki y Six Sex. A esta altura de la noche, el amor, los abrazos, el baile, el respeto, los cantos, la aceptación, el feminismo y la lucha convergían para hacernos sentir invencibles. Sólo me queda algo por decir, un deseo quizás: lo que ocurrió en el Festival GRL PWR debería no ocurrir sólo acá, encerrades entre paredes, sino también en el resto de los festivales. Y, también –  más utópicamente – en todos lados, no sólo en el arte.

Por Ana Clara Chanvillard
Foto: Inés Verdini